¿Feliz año nuevo? por el Padre Adrián Taranzano

0

Una vez más nos encontramos con el comienzo de un nuevo año. En estas ocasiones suele ocurrir que nos asombramos por la velocidad del tiempo. Constatamos no sólo que el tiempo pasa sino que más bien, vuela. Contra ello no podemos hacer nada y debemos simplemente resignarnos a ello.

 

Con esta experiencia suele estar también unida, no raramente, una idea diversa. Para muchos, el tiempo – y también el nuevo año – es la mera repetición de lo mismo. El tiempo no trae, en realidad, nada nuevo. La vida es monótona, monocromática. Uno debe simplemente aprender a arreglarse con ella y listo. Así nos encontramos en el ámbito de lo planificable. Puesto que no hay „nada nuevo bajo el sol“ (Qoh 1,9), podemos tener todo bajo control. Ello nos da una cierta seguridad. Si con la primera experiencia, aquella de la velocidad del tiempo, nos sentimos más bien impotentes, con esta otra, podemos experimentar lo contrario: somos los dueños de la cosa, dado que siempre es lo mismo. Aquí la creatividad, la visión de futuro, el despegue, la „epektasis“ son más bien raras. Tener todo calculado y bajo control implica renunciar a los riesgos.

 

En las lecturas bíblicas que la liturgia de inicio del año nos propone hay una buena noticia acerca del tiempo. No es un mero devenir irrefrenable y tampoco una repetición de lo mismo. El tiempo está impregnado de la novedad de Dios. Dios entra en nuestra historia y es capaz de cambiar, de transformar, de sacudir nuestra rutina. María y José se experimentan visitados, movilizados por la novedad creadora del Dios que abre caminos insospechados, nuevos, irreductibles al cálculo del ser humano.

 

Pero se trata de un Dios que no impone arbitrariamente su voluntad sino golpea, pregunta, mueve, interpela la libertad. Nadie es marioneta de sus planes. El nos motiva para que nos pongamos en camino. Nos desafía a leer y a reconocer los signos de los tiempos, su paso en nuestra vida para que ella no sea la repetición de lo mismo sino un desafío inédito, una oportunidad nueva, una posibilidad diversa.

 

Él nos abre a ello por su Espíritu, aquel que es vivificador y creador de lo nuevo, también en nuestra vida. Él es el que abre nuevos horizontes de sentido. Él es el que vivifica nuestra libertad, siempre expuesta a la tentación de buscar refugio en lo conocido o a resignarse a la esclavidad de la rutina. Pablo exhorta: „No eres esclavo, sino hijo“ (Gal 4,7). No somos esclvaos de un destino petrificado, tampoco de nuestros cálculos y planes, que nos dan seguridad. Somos hijos de un Padre incansable que nos abre siempre nuevos horizontes y que cuenta con nuestra libertad de hijos (Rm 8,21).

 

„No tener miedo de la libertad que viene del Espíritu“, tronó Francisco desde Santa Marta hace algún tiempo. “No tener miedo de su novedad“, „No querer pilotearlo“. Son palabras que nos pueden y nos deben movilizar.

 

Para que este nuevo año no sea una mera repetición de lo mismo, sino un nuevo regalo, necesitamos que este Espíritu empape nuestra libertad y la haga creativa y creadora, capaz de lo nuevo, abierta al futuro, sedienta de aquel vino nuevo que despedaza los odres viejos. En una palabra: que la transforma en la libertad propia de los hijos de Dios. Sólo así es posible decir: feliz año nuevo.

 

padreadriantaranzano

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *